Espejo negro, elefante blanco

 

Curada por Fabiola Iza

 

Nuria Montiel, Ana Navas, Fátima Rodrigo y Ana Roldán

 

Del 25.3 - 16.5, 2017

Espejo negro, elefante blanco

 

 

 

 

A menudo se asume que la herencia cultural es un proceso de transmisión de costumbres y tradiciones que sucede de manera automática y natural entre una generación de personas ligadas afectiva y geográficamente a un lugar, a otra generación más joven y que, además, les confiere una identidad definida y sentido de pertenencia. El acelerado pulso de la globalización en décadas recientes, así como el flujo de imágenes, objetos y personas que ésta ha provocado, ha puesto en crisis tal modelo, no obstante, la complejidad de la formación y la dispersión de la cultura no es un fenómeno reciente sino que es inherente a la misma.

 

Con esta problemática en mente, las artistas reunidas en Espejo negro, elefante blanco cuestionan de manera específica el supuesto legado del modernismo y examinan cómo éste ha sido heredado en los contextos en los que ellas se desempeñan, principalmente en América Latina. Contrario a los artistas que indagan en asuntos similares a través de emprender investigaciones de archivo, interesándose por las grandes historias y figuras que conforman al modernismo, las obras reunidas en esta muestra suceden a partir del encuentro con formas y objetos que en su mayoría existen dentro de contextos cotidianos y situaciones domésticas. A través de distintas técnicas, varias de ellas ajenas a la educación artística y más cercanas a las artes populares, los trabajos exhibidos revelan la tensión latente entre alta y baja cultura, entre las bellas artes y la artesanía, entre el diseño y el ornamento, entre la abstracción y la figuración. A grandes rasgos, las prácticas de estas artistas se interesan por la traducción y la asimilación de distintas culturas e historias, forzadas a expresarse bajo un lenguaje de carácter pretendidamente universal.

 

Por ejemplo, en Etui (2014) Ana Navas presenta la réplica de una escultura de Constantin Brancusi adquirida en una página web de decoración; ésta se exhibe sobre un textil con motivos abstractos de doble función: es a la vez plinto y funda para transporte. Navas hace referencia a la manera en que el grueso de la población entra en contacto, actualmente, con la estética modernista — en buena medida, esto sucede a través de sus iteraciones comerciales (como saleros que se apropian de la silueta de una escultura abstracta) o incursiones en la esfera de la cultura popular. En una vena similar, en Mini Tau (2009 - en curso) Navas traduce la figura de Tau, una escultura monumental y minimalista de Tony Smith, a una figura plana en origami, lista para regresar a la tridimensionalidad de mano de, virtualmente, cualquiera. El desplazamiento de un medio a otro altera la perfección dimensional de Tau y da pie a copias burdas que rompen con la elegancia de las líneas rectas y su resultado abstracto.

 

La apropiación de un objeto que ha acumulado un gran capital cultural es compartida por Unidad habitacional nómada sentada (2016), obra de Ana Roldán conformada por un par de sillas diseñadas por Lina Bo Bardi y un jorongo en el que se imprimió un motivo similar a una pared de ladrillos. Además de hacer uso de maderas originarias de Brasil, su país de adopción, los diseños de Bo Bardi buscaban ofrecer objetos asequibles, funcionales y de una simpleza sofisticada que se adaptaran a cualquier hogar. Enraizada fuertemente en el discurso modernista, Bo Bardi dedicó su vida a la promoción del potencial social y cultural del diseño y la arquitectura. Por el contrario, la propagación de la arquitectura modernista en América Latina, donde se importaron las ideas del funcionalismo de Le Corbusier, fue auspiciada por el estado con fines declaradamente políticos. La yuxtaposición del jorongo, que evoca los proyectos de vivienda llevados a cabo en la región, con las sillas denota el interés de Roldán por los problemas del idealismo de la utopía moderna al importarlos a un contexto radicalmente distinto. Actualmente, a lo largo de toda América Latina tales proyectos habitacionales se encuentran en un estado de abandono y descuido notorio, erradicando todo rasgo del optimismo inicial y el entusiasmo por ofrecer una vida cómoda.

 

El espectro del elefante blanco, una construcción pública de gran escala cuya finalidad no era proveer servicios básicos sino promover a un figura o administración política, se hace sentir de manera más directa en la obra de Fátima Rodrigo. En el video UNAP (2015) retrata un edificio de estilo brutalista, la Facultad de Agronomía de la Universidad Amazónica del Perú; éste aparece como un ente extraño entre la vegetación selvática. El contraste entre el imponente exterior y los interiores vacíos y semiabandonados, cuyos recursos para el funcionamiento y mantenimiento son mínimos o inexistentes, da cuenta del destino de la utopía modernista. Si UNAP se pregunta por los resultados de la imposición de dicha estética, en Tramado (2017), Rodrigo se interesa por los puntos de encuentro entre la estética modernista y la precolombina. Trazados en lentejuelas, la artista inscribe distintas formas abstractas, en ocasiones torpemente, inspiradas en las bases geométricas de la estética de los pueblos amazona y ataraca. La forma y dimensiones de la obra son tomadas de los displays museográficos de las culturas andinas pero el brillo que aporta el material, así como la idea de un telón escenográfico, se asocian también a la dominación cultural de México en el Perú. Con una fuerte penetración televisiva, incluso hasta hoy en día, es a través de programas como ¡Siempre en domingo! que la artista descubrió por vez primera formas modernistas en escenografías y demás elementos de utilería.

 

El interés por una tradición textil es la preocupación central de Nuria Montiel, quien desde hace varios años se interesa por la condición de los pueblos indígenas bajo las imposiciones culturales, sociales y políticas en las que viven desde hace siglos. Mediante un largo proceso de investigación de campo, Montiel ha aprendido que, al igual que las lenguas, las tradiciones materiales permanecen pero fragmentadas, en constante mutación y mezclándose con otras culturas. Igualmente, debido a la alta demanda de productos “tradicionales” generada por el turismo, éstas se enfrentan a nuevas posibilidades tecnológicas, inmersas en un sistema económico que tiene un impacto decisivo sobre ellas. La instalación que presenta, Repite pero cambia (2017), se compone de un telar y esténciles de tierra; ésta reflexionan sobre el efecto que objetos e ideologías específicas han tenido en el entendimiento de conceptos como lo universal, lo tradicional, lo original, lo auténtico y lo primitivo.

 

Popularmente, un espejo negro es un portal mágico que transforma a quien se mire en él, un objeto con el poder de dar acceso a una realidad superior. Las obras de esta exposición abordan con humor e irreverencia ocasional esta pretendida cualidad, adjudicada con gran frecuencia al arte y los artistas “primitivos”, y se enfrenta a la transformación pero bajo una perspectiva de inspiración vagamente sociológica, sin pretensión metafísica alguna. Espejo negro, elefante blanco se interesa por el papel que juegan los objetos patrimoniales, la arquitectura, el diseño —así como las traducciones e iteraciones que sufren— en la conformación de la identidad cultural como un territorio en pugna constante.

Fabiola Iza

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